Nataliya se detenía en casi todas las zapaterías y boutiques de ropa femenina; hubo una, “Les caprices en dentelle” que nos impresionó con la belleza y originalidad de su diseño: era una ventana cuadrada con una caja de dos por dos y un metro de fondo, todo tapizado con una gruesa seda marrón, muy oscura y colocada de fondo para resaltar los elementos decorativos dispuestos en planos de geometrías irregulares contrapunteados como una composición cubista. En un plano, sobre un lino beige había una botella de vino tinto y dos copas, una casi vacía con huellas de lápiz labial y la otra caída y rota; en un plano inferior y también sobre lino crudo, al lado de una corbata negra con puntos verdes había un antifaz de carnaval confeccionado con decenas de pequeñísimas esmeraldas de bisutería y plumas negras. Todo era una escenografía montada sólo para exhibir un conjunto de finísima lencería iluminada por un par de focos ocultos; las prendas, de puro encaje verde oscuro, parecían haber sido arrojadas al azar sobre una especie de cubo forrado en lino blanco para contrastar la sutileza transparente y casi insustancial de aquellas prendas que parecían haber sido confeccionadas con nubes.
Seguimos caminando y nos topamos con una vinatería donde ofrecían vinos desde 100 francos la botella hasta un Chateau Petrus de 4000 y un Chateau Lafite Rotschild de 6000 francos, pero lo mejor del escaparate eran tres cuadros hechos a base de etiquetas de botellas, uno de vinos de burdeos, otro de borgoña y el otro con la serie de las cosechas de Mouton Rotschild desde 1945, el ‘Año de la Victoria’ hasta 1960… cada año tenía una etiqueta diferente diseñada con una pintura o un dibujo de un artista célebre: por ejemplo Leonor Fini (1952), Braque (1955), Dalí (1958), etc. Dos o tres puertas más adelante encontramos una panadería con vidrieras biseladas y marcos Art Nouveau donde exhibían hogazas, baguettes y panes campesinos sobre carpetitas caladas en canastas como si fuesen bebés recién nacidos.
Era notable la cantidad de lugares para comer o beber y de comercios de comida de todo tipo: ‘epiceries’ (tiendas de verduras, frutas y abarrotes), ‘boulangeries’ o panaderías; las ‘charcuteries’ (salchichonerías) con decenas de jamones y embutidos colgando del techo, y terrinas, galantinas y patés envasados en tarros de vidrio o cazuelas de barro etiquetadas a mano con tinta sepia en papel rústico; había además ‘boucheries’ y ‘rotiseries’ (carnicerías y rosticerías) y ‘cremeries’ y ‘fromageries’ (lácteos y quesos). El olor de aquellos establecimientos me estaba siendo cada vez más difícil de soportar; ya no podía no caer en la tentación de comprar una baguette, untarle mostaza de Dijon y colocar unas rebanadas de un queso fuerte o paté de ganso. En contraste con el olor a cielo y castidad de las panaderías, equivalente al yang en términos taoístas, estaba el yin de las queserías con sus pestilencias diabólicas, agresivas y subyugantes… al cruzarnos con la siguiente ‘fromagerie’, que lamentablemente estaba cerrando, mi voluntad debilitada finalmente se dio por vencida y le sugerí a mi amiga buscar un sitio para comer algo pues estaba a punto de ‘reventárseme la hiel’ como decía mi abuela refiriéndose a no resistir un antojo. El encargado de la quesería nos recomendó un bistró situado a dos calles de donde estábamos, muy bien surtido de quesos, y nos ‘ordenó’ probar los tres ‘enfants terribles’, el pont l’Eveque, el Livarot y el Epoisses.

