“El Griego Errante”… el primero de los grandes viajeros
Perdida entre las ochocientas hectáreas de los jardines de Versalles, en la Rotonda de los Filósofos, entre las esculturas blancas de Teofrasto, Sócrates, y otros, Apolonio de Tiana parece clavar en el horizonte una mirada inteligente ligeramente teñida de melancolía…
El místico de Capadocia, el infatigable viajero y buscador de las verdades últimas y los secretos del universo contempla el infinito desde su rincón de Versalles, anhelante, herido por la ansiedad de saberlo todo, de descubrir la verdad escondida en cada vibración del mundo, en la complejidad de las lenguas, en la diversidad de las razas, de los ríos, los mares, montañas y desiertos.
Nació en Tiana tres años antes de la Era Cristiana, la actual Kemerhisar, en Capadocia. A los catorce fue enviado a estudiar retórica a Tarso y después medicina en el templo de Esculapio en Aegea… aquí, su precoz avidez de conocerlo todo lo llevó hasta los misteriosos litorales del pensamiento pitagórico y quedó contagiado de la pasión por las matemáticas, las ciencias, las filosofías clásicas y esotéricas. Cedió a su hermano la fortuna heredada de su padre pues esta sólo lo esclavizaba atándolo a un rincón: para poseer el mundo era necesario renunciar al mezquino cuidado de la fortuna. Decía: “No nací para un rincón, el mundo entero es mío, me ha sido dado para viajar”.
Caminando, a lomo de un camello, sobre carretas, en falucas, veleros o trirremes navegó el Egeo, el Mediterráneo entero, el Golfo Pérsico, el Índico; cruzó los arenales de Arabia, el Sahara, el Thar y el Khorazam; atravesó los montes Zagros, los Atlas, los Pirineos, los Alpes, las cumbres de Abisinia, el Hindu Kush y el Himalaya y remontó el Nilo, descendió el Tigris y el Eufrates, el Ganges, el Indo y los cinco ríos del Punjab. Nadie en sus días caminó por tantos senderos ni escuchó tantas lenguas ni estudió tantas filosofías. A él se atribuye haber traído a Occidente la sabiduría de los Upanishad y del Bhagavad Gita. Le adjudicaron milagros, el don de la profecía y hasta resurrecciones. A pesar de haber sido un hombre lleno de bondad y gentileza, las gentes lo miraban con estupor y casi con miedo. Fue muy respetado y poco comprendido: condenó la tiranía de los emperadores, la crueldad con los animales, las abominables canciones de Nerón; a los noventa y siete años el emperador Domiciano lo acusó de hechicería y lo hizo encadenar… después lo desterraron y murió a la edad de cien años. Fue entonces casi deificado, se le dedicaron estatuas y le hicieron honores divinos. Éfeso, Rodas y la isla de Creta se disputan el honor de poseer su tumba.
Hay quienes dicen que Apolonio nunca murió… intoxicado por la pasión de viajar, el verdadero elíxir de la eterna juventud, el griego errante aún sigue vivo, invisible, caminando por el mundo, presa de la implacable y maravillosa obsesión que no le permite descansar: la de buscar la verdad, la elusiva verdad, la inalcanzable, la más embrujadora seducción que puede atrapar el corazón de un hombre.


