Viajando a través de la música

Viajar es en algunos casos una adicción. Mucho más sana que las drogas o el alcohol, pero no deja de ser una adicción, un medio para huir del insoportable tedio de las rutinas o de nuestras tormentas interiores. Estoy hablando de algunas  amistades, clientes y de mi caso en particular. A pesar de considerar la profesión de agente de viajes como una de las más alucinantes y maravillosas actividades del mundo moderno, la actividad gerencial y administrativa de la empresa fue una pesadilla toda mi vida. En cambio, promover, vender viajes y sobre todo acompañar grupos como conductor a diferentes destinos del mundo fue para mí una razón de vivir, en ocasiones algo parecido al éxtasis. Subir a un avión y sentirlo despegar y enfilarse hacia las nubes para atravesar el Pacífico era una emoción tan intensa que muchas veces me nublaba la vista, rebasaba los límites de mi cuerpo. Todavía tengo presente las palabras de José Patiño, “El Chief”, un alto ejecutivo de Mexicana de Aviación y amigo de mi padre, quien siendo yo un adolescente me preguntó qué pensaba estudiar. “Medicina” fue mi respuesta. Después de unos segundos me repeló casi indignado: “No, Raúl, no vayas a hacer eso, estudia algo para dedicarte al turismo, es la carrera del futuro, es la profesión más bella del mundo… la medicina será muy noble, pero es una “friega”, es una profesión de ‘sangre, sudor, lágrimas y caca”, me dijo el Chief haciendo alusión a las palabras de Winston Churchill al inicio de la Segunda Guerra.

Cuando se exacerbó esta pandemia y muchos países cerraron sus fronteras y las líneas aéreas estacionaron sus aviones, el turismo se hundió en un estado de coma.  Comencé – ya lo comenté en otro artículo – a husmear entre las reliquias de mi biblioteca en búsqueda de libros de viaje y engañar por medio de la lectura a mi adicción de viajar. A veces el cerebro no distingue entre la realidad y lo imaginado. Descubrí que mi inquietud por andar caminando entre las ruinas de una ciudad musulmana en el sur de la India, por ejemplo, se calmaba leyendo las crónicas de algún viajero inglés que anduvo explorando las capitales de los sultanatos muertos en Golconda o Bidar. También descubrí algo maravilloso. Comencé a escribir pequeños párrafos para un “blog” de La Casa del Viaje con retales de recuerdos de viajes realizados a lo largo de casi 60 años de andar vagando por el mundo. Ese fue otro paliativo, más eficaz que la lectura de libros de otros. Pepenar vivencias e imágenes de lugares arrumbadas en los archivos de la memoria, me resultó fascinante. Era como resucitarme a mí mismo, como dejarme electrificar por el rayo de Frankenstein y revivir a ese “yo” de antaño entrando en algún templo en Asia o un museo en Europa.

Hace unos días descubrí otra “droga” para renovar con toda su intensidad estampas de viajes empolvadas en el olvido: la música. Andaba buscando en YouTube alguna pieza o una canción para tocar antes del inicio de mis seminarios de Geografía Turística. Sin quererlo me topé con un dueto de los cantantes pakistaníes Fareed Ayaz y Abu Muhammed interpretando una pieza llamada Kangna basada en versos de Kazrat Amir Kuzrow, un poeta sufi que vivió en Delhi a fines del siglo XIII. Sin entender el significado de las palabras, la música, los ritmos incisivos de los cantantes, y sus gestos, voces y movimientos de manos poseídos de una pasión tan intensa como un llanto emanado desde los sótanos de sus vísceras me arrastraron 35 años atrás. Me volví a ver en un tugurio de Lahore escuchando una música similar. Se me vinieron encima los aromas de las especias, los rostros de los asistentes escuchando con arrobo la canción. Esas imágenes, como los sedales de los pescadores, trajeron las memorias de las mezquitas, las caóticas calles de Lahore, y hasta los ruidos y actitudes de la hospitalidad islámica de nuestros anfitriones ante la que yo no sabía bien cómo responder por temor a decir o hacer algo que pudiese herir sus sentimientos a flor de piel. Todo un fin de semana estuve “viajando” nuevamente a través de la música a lugares ocultos en mi subconsciente. Revisté la India por supuesto, Irán y Grecia… y me siento totalmente tranquilo, si la pandemia o mi salud me impiden volver a abordar un avión creo que no me importa. Tengo mucho que escribir y mucha música que escuchar.

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