Puebleando en la Occitania

Languedoc tiene su alma orientada hacia la tierra y no hacia el mar como es el caso de su vecina, la Provenza. La bouillabaise, el suculento platillo marsellés es el supremo regalo del mar provenzal como la “Cassoulet de Castelnaudary” es el regalo de la tierra en Languedoc. Este potaje de alubias, ancas de ganso, salchichas y tocino de Toulouse debe servirse en una cazuela de barro, si es posible del Tarn. Y mejor aún, acompañado por un tinto Malepère de Carcassonne, dicen los expertos. Si se llega de Lyon la mejor entrada a Languedoc es por las Gargantas del Tarn. El río corre encañonado entre barrancas a lo largo de cincuenta kilómetros. Va cruzando diminutas aldeas colgantes de los acantilados como es Santa Enimie. Bertrán Carbonel, el trovador de Marsella, cantaba la historia de Enimie, hija del rey Clotario quien prefirió cuidar leprosos al matrimonio como deseaba su padre. La doncella imploró ayuda del Cielo para impedir aquella boda y Dios la contagió de lepra causando la repulsión en los pretendientes. Enimie tomó los hábitos y fue milagrosamente curada. Posteriormente fundó un convento cuyas ruinas han sobrevivido más de 10 siglos. Siguiendo la carretera a orillas del Tarn, pasamos por el Castillo de la Caze del siglo XV dedicado a las “Ninfas del Tarn”. Pocos kilómetros más adelante llegamos al Punto Sublime, desde donde se domina una panorámica de las más espectaculares de Francia. 

Al salir de las Gargantas del Tarn, recomiendo subir hacia el norte hasta Conques, pequeña ciudad enclaustrada en un embudo de bosques y montañas, una de las gemas medievales de Europa y durante siglos punto de reunión de “peregrinos que partirían hacia Santiago de Compostela. El pueblo es un conjunto de viejas casonas y callejas de piedra en torno a la Basílica de la Santa Fe. En el tímpano del portal oeste de la Basílica encontramos altorrelieves del Juicio Final. Demonios y condenados protagonizan las torturas y horrores del infierno con la poderosa elocuencia rústica de la Edad Media. Una reliquia del románico más puro y limpio, sin afeites, brutal, cruel como la infancia y despiadado como la época en que fue tallado. Conques justifica la pernocta de una noche para caminar en la Edad Media cuando el día se ha apagado y salen los espectros.

Al día siguiente iniciaremos el trayecto a través del “País Cátaro” como se llamaba a esta región del Languedoc donde se difundió la “herejía” del catarismo. Esta secta cristiana predicaba un dualismo radical. Los cátaros o “puros” creían en un dios de lo espiritual, el dios bueno y en un demiurgo, demonio o dios malo de lo material. Negaron la veracidad del Antiguo Testamento, la naturaleza humana de Cristo y la autoridad de la Iglesia de Roma. De hecho, calificaban el papado como una podrida comunidad de obesos criminales adictos al lujo y la fornicación alimentada por la ignorancia de la gente. A finales del siglo XII su expansión comenzó a inquietar a los papas en Roma. Los cátaros comenzaron a infiltrarse por todos los recovecos de Albí, Toulousse, Carcassonne y otras ciudades occitanas. Las misiones de la Santa Sede pretendieron hacer regresar a estos “herejes” al ‘buen camino’ pero fracasaron. Solo atizaron el celo fanático de la secta a niveles peligrosos para el catolicismo y en 1209 el papa Inocencio III proclamó la Cruzada Albigense. Durante 40 años esta tierra occitana que hoy nos hace perder la cabeza con su belleza y sus vinos se llenó de gritos y sangre. Cuenta una leyenda sobre un suceso durante la toma de la ciudad de Beziéres. En medio del frenesí de la matanza de herejes, un soldado preguntó al monje comandante Arnaud Amaury cómo saber quién era católico y quien cátaro. “Tú mátalos a todos, Dios reconocerá a los suyos”, dijo el monje. ¿No es una brillante respuesta, un ejemplo magistral del más simple, lacónico y campesino pragmatismo medieval?. Las crónicas de esta cruzada narran que en las noches se llegaba a ver el resplandor de las gigantescas hogueras donde poblaciones enteras ardían junto a sus habitantes. No se sabe cuántos murieron en esta guerra de fanatismos que a pesar de los 800 años transcurridos Languedoc no ha podido olvidar.

Camino a Albi recomendamos detenerse una media hora en Rodez para admirar su catedral dedicada a Nuestra Señora. La catedral gótica de Santa Cecilia en Albí es quizá la más original de Francia. Está construida en ladrillo rojo y su apariencia exterior es más la de una barbacana que de una iglesia. Sus anchas paredes verticales le confieren un aspecto casi agresivo. Cuando caminamos alrededor del enorme edificio nos sentimos reducidos a una escala infrahumana. El interior de Albí es una fantasía azul. Las columnas y las ojivas de la nave están pintadas de un añil festivo muy diferente a las austeras naves góticas. Lo más notable del interior de esta fabulosa iglesia son las decoraciones en gótico flamígero del altar, el coro y el pórtico. Además de la catedral hay que visitar el museo de Toulousse Lautrec, el gran pintor post impresionista precursor del Art Noveau.

La última escala en este trayecto es Carcassonne, la ciudad amurallada más bella de Europa. La sinfonía de almenas, muros de piedra y torres con techos cónicos cobijando las callecitas y casonas centenarias de Carcassonne, además de ser patrimonio cultural de la UNESCO, es la más perfecta evocación de la Edad Media en Francia.

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