Castillos de La Mancha

Alguna vez critiqué a los coleccionistas, ansiosos siempre por adquirir piezas para enriquecer sus colecciones de figurillas de ranas, elefantes, tacitas, camisetas, “netsukes”* japoneses, libros, rosarios, Cristos o estampillas postales. Creo haber sido injusto en mis críticas sobre todo cuando descubrí en mí la adicción de coleccionar, por ejemplo, libros, muchos que jamás he de leer, o grabaciones con la obra completa de “x” o “y” músico, gran parte de la cual escuché, quizá, solo una vez. Otra manía incurable ha sido la de “coleccionar castillos y catedrales medievales”. Como agente de viajes, tuve desde mis primeros años en esta bendita profesión, la pasión por las inmensas odas de piedra dedicadas a Nuestra Señora o los grandes santos del pasado y a las murallas almenadas de las fortalezas donde nobles y caballeros recibían los embates de los ejércitos de otros nobles y caballeros ávidos de apoderarse de sus tierras y parapetos. Esto último me remitía a la infancia. De hecho, aún me remite…  invariablemente, al estar frente a un castillo, me desengancho del presente y libero mi imaginación, la dejo abrir sus alas para viajar entre los ruidos, matanzas y gestas románticas de la Edad Media.  

Mis primeras experiencias las viví en Francia. En la Loire perdí mi “inocencia castellana”. Especialmente con aquellos monumentales muros sobrevivientes de los siglos XII, XIII y XIV de Chinon, Angers, Loche. Sus ruinas eran para mí como gemidos de un moribundo pretérito ahogándose en el pantano de la historia. Casi todos los otros castillos del Loira poseían el encanto de doncellas hermosas, perfumadas y coquetas. Escondían intimidades y secretos de alcoba, de adulterios, intrigas y refinadas perversiones. Casi ninguno de esos castillos era un auténtico “castillo de guerra”.  Hurgar en su pasado es un deleite para saborearse con quesos de cabra y un buen tinto. Alguien definió a estos palacetes de la Loire como gemas en el rosario del más hermoso río de Francia. Y así es, el caudal del Loira rara vez es violento y a lo largo de su extenso valle crecen las flores, los bosques, los viñedos y los palacetes impregnados con el suave olor a jazmín de las hermosas cortesanas.   

En cambio, en los castillos de La Mancha el olor es a piedra, a pátina. En ellos quizá hubo, como en casi todos lados, secretos de alcoba, pero las damiselas han de haber sido muchachas rústicas como Aldonza la musa del Quijote, con manos encallecidas de cargar cubetas y azadones. A esta estirpe de monumentos pertenecen los castillos de Sigüenza y el de Jadraque o “Castillo del Cid” como lo llaman a nivel popular… se cree que pudo haber sido arrebatado a los árabes por Rodrigo Díaz de Vivar. Ambos se encuentran en la provincia de Guadalajara. Rodeado de barrancas y roquedas se levanta en Albacete el castillo de Júcar como guardián del pintoresco pueblo a sus pies. La colosal fortaleza de los calatravos en Cerro de Alacranejo, en la provincia de Ciudad Real es una de las estructuras medievales más espectaculares de España, con sus más de 45 000 metros cuadrados de torres, muros almenados, patios y escaleras que se remontan al siglo XIII. Al sureste de la ciudad de Toledo frente a molinos de viento que nos remiten a los escenarios del Ingenioso Hidalgo de Cervantes, el castillo de Consuegra se yergue sobre colinas y plantíos de azafrán. Estas plantas de pétalos color lila florecen en octubre. Se requieren hasta 200 mil flores para obtener un kilo de la especia más cara del mundo, que alcanza un valor hasta de 15 mil euros. En la Mancha hay decenas de castillos. Es imposible verlos todos, pero los ya mencionados justifican el desvío. Todos ellos son magníficos testigos de la historia y las gestas guerreras que a base de cincel y espada fueron forjando España.

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