El “pequeño” Nilo Azul, pequeño por sus 1400 kilómetros de longitud cuando se le compara con los 6600 del Nilo, tiene un temperamento opuesto a la serena quietud del Nilo Blanco y sobre todo al gran Nilo que navega a través del desierto desde Kartoum (Sudán) hasta Alejandría. Este hermano menor del Nilo, nace en el lago Tana en las montañas de Abisinia y baja con el inmenso caudal acumulado con las tormentas monzónicas dando saltos furiosos, mordiendo rocas y arrancando árboles por los valles y barrancas de Etiopía hasta llegar a las tierras planas y al Sudan donde une su enorme caudal al sereno hermano mayor procedente del Lago Victoria en el corazón ecuatorial de África y el mar de pantanos del Sudan meridional. El pequeño Nilo Azul es la causa de las crecidas anuales y las inundaciones de la franja de mil kilómetros de las tierras fértiles a orillas del río donde a lo largo de cinco milenios se ha alimentado el asombroso pueblo egipcio.
Como ha sido un fenómeno natural en la historia del mundo, desde las antiguas culturas hasta muchas de las ciudades de nuestro tiempo, los centros de las civilizaciones han surgido a la orilla de los ríos o del mar. Pero el caso de Egipto es especial. Mientras en el resto del mundo casi todas las ciudades han estado expuestas a constantes invasiones de vecinos o pueblos lejanos ávidos de extender sus territorios de pastoreo o cultivo o riquezas, el pueblo del Nilo, acunado por los más inhóspitos desiertos del mundo, aislado del África meridional por las ciénegas del Sudd, su única puerta natural al mundo exterior ha sido la vasta planicie del delta, donde el río se ramifica en decenas de cauces entre un rompecabezas de tierras inmensamente ricas donde se cosecha algodón, cereales, hortalizas y decenas de otros productos. En la antigüedad esta producción bastaba para alimentar a todo el pueblo y después de la llegada de los césares contribuyó con casi todo el grano requerido por el Imperio Romano.
Un fenómeno único en el pueblo egipcio, único en la historia humana, es el hecho de su desconcertante estabilidad. A lo largo de 3000 años, sembraron sus tierras de la misma forma, trazaron los bajorrelieves de sus colosales templos igual que hacía mil años, sus dioses eran los mismos, los faraones, deificados, eran embalsamados y llevados a sus tumbas acompañados de tesoros como si fuesen dioses. De hecho, lo eran, incuestionables igual que sus juicios y decisiones. No se sabe si fueron los sacerdotes quienes saquearon esas tumbas o fueron ladrones profesionales de las riquezas depositadas en los entierros. Casi todas las tumbas de los faraones están vacías. La de Tut ank Amón es un caso excepcional y recientemente descubierto está la de Psusenes en Tanis, no tan rica como la de Tut ank Amón pero también se encontró aparentemente intacta.
Egipto es un caso singular en la historia y el arte. A lo largo de los siglos se mantuvo en un estado de inmovilidad sorprendente. Los artistas no pretendían ser creadores de formas o estilos, al contrario, su misión era mantenerse fieles a las formas de los antepasados sin pretender la mínima variación en las formas, colores o conceptos. Así un año y otro año, década tras década, siglo tras siglo a través de tres milenios. Los escultores y pintores adquirieron una destreza para mantenerse paralizados dentro del orden establecido por una tradición momificada por sacerdotes y gobernantes. Cubrieron las tumbas de los monarcas de jeroglifos y pinturas narrando hechos relevantes a los señores y describiendo la vida rural a orillas del Nilo con sus ocas, aves de colores y peces jugando en las aguas del río. Todo ello realizado con una serena alegría y vitalidad que nos fascina a los espectadores del siglo XXI, que a pesar de haber visto la evolución de las formas artísticas desde los griegos al Renacimiento, al Impresionismo y al siglo XX con los experimentos de Picasso y Kandinski, en poco menos de 25 siglos, no deja de seducirnos la sencilla perfección de esos gansos egipcios caminando entre los papiros.
Y aún más asombroso es la paradoja de este pueblo capaz de retratar aves con la minucia de un miniaturista, haya concentrado tanto esfuerzo en la creación de los templos más colosales de la antigüedad. Las gigantescas proezas arquitectónicas de las Pirámides, Luxor, Karnak, Tebas, Deir al Baharí, Edfú y Abú Simbel no tienen paralelo en la antigüedad… ni la India, ni Mesopotamia, ni siquiera Roma, con su obsesiva demostración de poder a través de la magnitud de sus edificios, salvo muy contados ejemplos, al lado de Egipto parecen mantener una escala humana, impresionante, pero jamás alcanzan las dimensiones apoteósicas de esas sinfonías de piedra que aún se mantienen en pie en el Valle del Nilo.

